Que día tan hermoso le dije.
— Lo es.
Me dijo con una voz alegre.
— Este clima es propicio para el crecimiento de las plantas. Permanecí de pie y silencioso junto de frente a la mujer encantada mientras ella hablaba. Al final, como para evitar contarme el resto de la historia, preguntó:
— ¿Sabe usted quien vive en mi casa hoy?
— ¿Su casa? —Respondí más confundido que el inicio de esta conversación—. ¿Y qué te hace pensarlo?
— A menudo me pregunto quien vive allí; creo que debe ser una persona feliz; precisamente esta mañana pensaba en ello.
— Una persona feliz —repetí antes de continuar— ¿Crees que allí vive alguien rico?
— Rico o no, es lo de menos: la casa lucía tan alegre y está tan lejos. No sé cómo expresarlo, pero a veces pienso que sólo la imagino. Debería verla al atardecer.
— Sin duda la luz del sol la embellece, pero no más que esta al amanecer, creo.
— ¿Esta casa? El sol es bueno pero nunca brilla en esta casa. Está vieja se está pudriendo. Por eso la lleno de flores. La revivo día con día y en ella represento mis anhelados recuerdos de aquella época. Dicen que no es bueno recordar. Dejar que el tiempo cumpla su función y entierre el pasado.
Algo en esas palabras me tranquiza, o en ese acto sosegado, me hizo callar de nuevo.
— ¿Será porque vivo tan sola y no sé nada? Mi casa era mi palco real y este es mi anfiteatro. Mi casa era ese escenario mágico que donde cada noche al caer el telón, la verdad llegaba con la oscuridad.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario